miércoles, 8 de octubre de 2008

La democracia española y su eterna adolescencia

La democracia española sufre el síndrome de Peter Pan. Como lo oyen. Así es como yo entiendo que nuestro sistema democrático lleve treinta y tantos años sin ser revisado, cuando es clamoroso que distamos demasiado de ser el ejemplo de democracia perfecta. Evidentemente, una democracia perfecta es una utopía, inalcanzable, pero no por ello debemos resignarnos a lo que tenemos. El sistema democrático de nuestro país nació en un momento en el que había que andar con pies de plomo, y muchos de sus principios fueron puramente coyunturales, con el objetivo de consolidar la democracia paso a paso para no repetir errores del pasado. Mucho se habla últimamente de la necesidad de regenerar la democracia, pero yo no lo veo así. Para regenerarla tendría que haber degenerado, pero no es ese su problema. Lo que de verdad le ocurre a nuestro sistema es que ya es hora de que dé el salto a la madurez. Que ya ha cumplido los treinta y tantos, hombre.

Para empezar, hay que solucionar ese despropósito que es la ley electoral. El sistema de representación proporcional con corrección D'Hont se estableció para favorecer la consolidación de unos partidos políticos débiles, así como para conseguir que los nacionalistas aceptaran la constitución. Hoy, que ya hay un sistema de partidos fuerte, es incomprensible un sistema electoral en el que cada voto no vale lo mismo. Para muestra un botón: Si usted es de Bilbao y vota a UPyD, por ejemplo, su voto vale seis veces menos que el de su vecino que vota PNV. Y luego, no menos sangrante, está el tema de la separación de poderes. No sólo la subordinación de poder judicial a los partidos políticos (gracias, Felipe), sino la subordinación del legislativo al ejecutivo y a las cúpulas de los partidos. Para que me entiendan, les diré que, por ejemplo, un grupo de diputados, pese a su cargo de representantes de la ciudadanía y no de los partidos políticos, no puede presentar proyectos de ley sin la aprobación de su portavoz, que debe tener contentos a los líderes de su partido para conservar su puesto (como los jueces, vaya).

En cierto modo, a nuestra democracia le pasa un poco como al Antiguo Régimen. El pueblo clama por un cambio, pero a las élites les va muy bien con todo como está y no ven la necesidad de poner en peligro su hegemonía. Hay que ver como los adalides del progreso y la ampliación de derechos, por un lado, y los del liberalismo y el centro moderado, por el otro, se aferran a principios que les garantizan el poder seguir vampirizando a los ciudadanos aunque sean totalmente antidemocráticos. No voy a decir que lleguemos a una revolución (esas cosas sólo se hacen cuando se pasa hambre, y con razón), pero va siendo hora de dar un toque de atención a nuestros políticos. Que se den cuenta de una vez de que son nuestros empleados, ya que nosotros somos quienes les ponen en su cargo y les pagan el sueldo. Y si yo pongo a alguien al frente de mi empresa (en este caso, mi país) espero que su gestión se guíe por mis criterios. ¿O no? Pues eso, que la democracia es el gobierno del pueblo, y hoy en día nos estamos olvidando de ello.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No te olvides del blog y sigue escribiendo. No dejes que muera, hay gente que te lee...

Español dijo...

Has hablado muy bien, de verdad. Enhorabuena.